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Anales

Cornelio Tácito (c. 55 – c. 120 d.C.)


Es difícil decir algo nuevo de un libro que lleva de moda dos años. Los estudiosos que hemos venido después de él admiramos su estilo, nos identificamos con sus puntos de vista y nos sorprendemos con sus relatos. Y no dejamos de lamentar las partes perdidas irreremediablemente, fruto lamentable del tiempo, y que mutilan gran parte del libro original.


Escrito a principios del siglo II de nuestra era, a través de sus capítulos podemos comprobar cómo el sistema político y administrativo de la República Romana, que había conseguido elevar un villorrio insignificante en mitad de la península italiana a un ciudad “dominadora de todo el mundo que merecía ser conquistado”, en palabras de Gibbon, se va tranformando poco a poco en una dictadura de la familia imperial, haciendo desaparecer cualquier sombra de oposición y control que pudiera darse a su poder.


A través de sus lineas podemos comprobar la venerable institución del Imperio creada por Augusto, los peligros de la suspicacia en el todopoderoso Tiberio que hará correr ríos de sangre, la esbozada locura de Calígula (cuya parte se ha perdido casi al completo), la transformación de Nerón por el exceso de poder obnimodo, el imperio eficaz de Vespasiano…


Pero por encima de todo, podemos vislumbrar a los hombres que vivieron en aquel tiempo, pues es un magnífico esbozo de una sociedad que estaba ya irremisiblemente perdida. Intuimos a los grandes hombres de la República, que hicieron de Roma la dominadora del mundo y el ejemplo del resto de imperios que se han querido formar en el mundo, hombres íntegros, elevados, que hicieron exclamar a aquel embajador al ver a los senadores que “Roma no tenía un rey, sino muchos reyes”. Pero también vemos cómo aparecen los hombres infames, traidores, egoistas, que solo se acercan al poder para intentar servirse de él, una clase de hombres que se crea al albur del poder absoluto de un individuo.


En un libro como este se aprecia la descomposición de una oligarquía que fué capaz de sobreponerse a todos los grandes desastres que sufrió la ciudad pero no pudo luchar contra su propia descomposición interna. Pero también se aprecian los excesos de una nueva forma de vivir, más hedonista, derivada de las inmensas riquezas que se generaron con las conquistas del mejor ejército que vio el mundo en mil años.

Si la curiosidad de los hechos narrados no fuese suficiente para acercarse a él, podría preguntarse por la razón para leer un libro así. Pero el estilo inmortal que hará disfrutar de su lectura, así como la belleza de los discursos, la caracterización de las personalidades, el hálito de grandeza de unos tiempos que han marcado el devenir de la civilizacion occidental, serán razones más que suficientes para que este libro siga de moda otros dos mil años más.